
Las llamas de la chimenea acapararon el resplandor de la habitación. Menos mal que en la casa de campo de mi familia existía en cada cuarto unas espléndidas brasas para calentarnos y poder ver un poco. Se solía ir a menudo la luz. La verdad es que no me extrañaba. La enorme cabaña se situaba en la cúspide de una montaña a menudo nevada y con fuertes tormentas que arrancaban los cables de la electricidad, incluso la antena parabólica y telefónica que utilizábamos cuando nos hallábamos allí.
Todo comenzó, con la muerte de mi abuela lucinda, cuatro inviernos atrás. Mis padres, mis tíos, y mis dos primos decidieron hacer un homenaje en su honor y reunirnos en la mansión familiar una vez al año en vísperas de su muerte en navidad.
No comprendía el por qué trasladarnos en esta época tan mala en la que pasábamos calamidades en pleno siglo XXI, sin luz, sin agua caliente, y por supuesto sin móviles, ordenadores, televisiones…